MourinhoUn día más te levantas con la sensación que llegas tarde al trabajo (como siempre), que el despertador se ha dormido otra vez y que el café del bar de la esquina sigue siendo igual de malo. En el autobús, la misma gente a la misma hora, y en el ascensor del trabajo, los mismos bostezos a la misma hora. En el fondo, el fútbol nos gusta porque es imprevisible y nos permite opinar, con o sin causa.

De fútbol, todo el mundo sabe. La física quántica la dejamos para los expertos pero el fútbol…¡ay, amigos! ¡el fútbol es nuestro! Y lo protegemos y mimamos igual que nuestros ancestros hacían con el fuego. En el fondo creo que la culpa la tiene nuestra temprana afición por coleccionar cromos. Somos fetichistas y nos hacemos pronto con nuestros jugadores, nuestro club y nuestro estadio. ¿Qué socio del Barça no estuvo a punto de llevarse literalmente su asiento del Camp Nou para casa cuando Laporta insinuó que los socios deberían pagar los partidos de la Copa del Rey si no avisaban con suficiente antelación?

Y esta posesión (casi infernal) que nos invade nos convierte en sujetos que proyectamos nuestro espíritu de pequeño dictador que todos llevamos encima. Si Ronaldinho no juega bien dos partidos seguidos… ¡Que lo echen! Si Rijkaard no controla el vestuario… ¡Necesitamos un entrenador duro! Si quieren tapar Camp Nou con una cubierta… ¡Que lo destapen! Y así un largo etcétera… Ya me perdonarán los socios culés (perdona papá…) pero el ejemplo podría seguir larguísimo.

¿Qué nos pasa realmente? De hecho, lo que nos sucede es sencillo. Nos aburre lo cotidiano. Ronaldinho, por mucho que haga, ya es historia. Rijkaard ya dura demasiado y a Messi lo acabaremos de aburrir en dos días. Ahora queremos a Bojan i a Giovani y mañana nos encapricharemos de algún jugador somalí o canadiense.

Lo del Barça no es un ejemplo único en el mundo. Observen al pobre José Mourinho. La primera vez que se sentó en el banquillo del Chelsea, sus métodos y sobre todo su puesta en escena fue novedosa en la Premier. Hacía gracia. Quién acusó una vez a Messi de hacer teatro era un excelente actor. A los dos días, no obstante, su puesta en escena ya no gustaba y no resultaba tan original. Ahora que los resultados no acompañan Abramovich ha acabado por aborrecer su interpretación y buscará a otro que le divierta más y mejor.

Los dichos populares dicen que somos animales de costumbres. Sí, senñor. Tenemos la costumbre de aborrecer lo cotidiano y de querer siempre juguetes nuevos. Consumimos entrenadores y jugadores igual que cigarros, cafés o periódicos. ¡No pares, sigue, sigue!

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