Tlachtli

Si alguna vez viajas a París no puedes dejar de visitar el Museo del Louvre. Ahí se encuentra una de las piezas ‘artísticas’ que con más fidelidad representa el mundo romano y que más me impresionaron: un casco de gladiador. Si aún no tienes una idea clara sobre el circo romano, una visita al Colosseo de la capital italiana te irá bien.

Exceptuando los presuntos deportes donde se usaban y aún se usan animales (peleas de gallos o perros, por ejemplo) en la historia del deporte antiguo existen dos casos paradigmáticos del binomio sangre y competición. Uno de ellos, como bien sabemos, es el circo romano, más próximo y mediáticamente más conocido. El otro, no por lejano, resulta menos espectacular: el tlachtli, el juego de pelota que practicaban los aztecas.

El Tlachtli se disputaba en un terreno de juego en forma de ‘H’ en cuyo centro se encontraba una especie de canasta, en plano horizontal al suelo de la cancha. El objetivo era conseguir que una pelota hecha de hule atravesara el orificio y al mismo tiempo impedir que el adversario lograra la canasta. Muchos historiadores lo asocian como el precedente más lejano del baloncesto pero cabe señalar que sólo se podía encestar con los pies, las caderas y los codos. Además su contexto está anclado en la estructura religiosa de la antigua cultura mesoamericana.

Se trata de una actividad física contundente y peligrosa para los practicantes, que a menudo acababan contusionados y sangrando por el ímpetu de los contrincantes. Lo que fue un juego con apuestas incluídas derivó hacia una sacralización en la que los perdedores pasaron a ser carne de sacrificio. Diversas historiadores también señalan que en determinados momentos hasta los vencedores eran sacrificados para gloria de los dioses aztecas.

A puertas del gran clásico del fútbol, ¿alguien se imagina el sacrificio de alguna de las dos plantillas más cara del mundo? Barça o Madrid. A principios del siglo XXI, la sangre es un elemento casi inexistente en los terrenos de juego, por cuestiones de higiene pero también para adecuar los partidos a una amplía mayoria de espectadores: niños y adultos, sin excepción de credo o cultura. El mundo de la televisión ha vencido a la hemoglobina… en apariencia. Resulta paradójico que la sangre abandone el terreno de juego de nuestros televisores y se traslada al mundo virtual de los videojuegos. Teniendo en cuenta que cada vez más niños pasan más horas delante de un ordenador que ante un televisor, puede que la sangre como sinónimo de violencia no abandone jamás nuestras vidas.

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