“Cualquier acto que sirva para perturbar el recorrido de la llama olímpica es vergonzoso e impopular”, dice Qin Gang, portavoz del ministerio d’Asuntos Exteriores chino. ¿Esto es lo único vergonzoso para este cretino funcionario? La revuelta en el Tibet y, sobre todo, un posible boicot continúan marcando la cuenta atrás de los Juegos Olímpicos de Pekín. Parece improbable que Estados Unidos o Europa secunden un boicot en Pekín 2008 al mismo tiempo que las reacciones por la represión en Tibet siguen siendo más que tibias.

Quien quiera separar deporte y política lo tiene más que crudo y más si hablamos de olimpismo. Desde Berlín’36, con el nazismo en apogeo, a los boicots de Moscú’80 a Los Angeles’84 y los asesinatos de Múnich’72, el movimiento olímpico se ha visto enzarzado por acontecimientos más allá de los podios, las medallas y las marcas. El fin de la Guerra Fría no ha asegurado el fin de los conflictos políticos en el tartán porque aún quedan muchos focos de violencia y desigualdades en el mundo.

La elección de Pekín para los JJ.OO. de 2008 quizás aseguraba unos cuantiosos beneficios a los patrocinadores y al mercado audiovisual pero en ningún momento ha servido para asegurar mayores cuotas de libertad, como aseguraban algunos analistas, en un país que vive anclado en la represión. Minorías, movimientos religiosos, opositores, contenidos de Internet y periodistas siguen estando en el punto de mira de las autoridades chinas.

En esta encrucijada no creo que un boicot sea la mejor solución para unos Juegos Olímpicos con una sede equivocada. La presión comercial no permitirá que los países capitalistas jueguen al boicot porque hay demasiados dólares en juego. No obstante, Pekín’08 debe tener un Jesse Owens, un Tommie Smith o un John Carlos para recordar que China, a la cabeza del mercantilismo, está a medio camino de los derechos sociales.

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