Los Juegos Olímpicos de Pekín que están a punto de comenzar serán recordados a priori no tan sólo por los récords que se puedan producir sino también por la controversia que ha causado la designación de un país como China para celebrar la cita olímpica. Estos meses hemos asistido a condenas, boicots artísticos y un sinfín de incidentes al paso de la llama olímpica desde Olimpia hasta tierras asiáticas. Lo cierto es que a pesar que el relevo de la llama olímpica tiene un signficado de hermanamiento entre pueblos, los orígenes de éste son más bien oscuros.

En la antigua Olimpia se encendía una llama durante el período de celebración de los juegos evocando las leyendas que afirmaban que Prometeo arrebató el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Esta tradición antiguo se recuperó ya en el siglo XX, concretamente durante los JJ.OO. de Amsterdam en 1928.

Más tarde, la visión moderna de la llama como portadora de luz y de progreso fue adoptada rápidamente por la maquinaria propagandística del nazismo que tuvo en los Juegos celebrados en Berlín en 1936 un gran escaparate ante la pasividad del resto del mundo occidental. Así, en estos Juegos Olímpicos se estableció la tradición del relevo de la llama desde Olimpia hasta Berlín, buscando un paralelismo con la trasmisión del legado de la civilización desde los antiguos griegos, pasando por los romanos hasta llegar a la raza aria.

En 1936 la llama olímpica se encendió desde la arboleda del templo de Olimpia gracias a un espejo cóncavo fabricado por la empresa fundada por Carl Zeiss (uno de los más importantes ópticos alemanes de todos los tiempos… que por cierto da nombre a un equipo de fútbol de Jena) y para esa primera ocasión 3.000 corredores hicieron el relevo por siete países.

La idea de la herencia de la cultura clásica que pasó a la Alemania de Hitler a través del fuego olímpico alcanzó su meta con Fritz Schilgen, que encendió el pebetero del estadio berlinés el 1 de agosto de 1936. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, veía en la llama olímpica un “símbolo de las fuerzas cósmicas” y en su discurso proclamó: “Llama sagrada, arte. ¡Arde y no te apagues nunca!”.

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