En esta ocasión los protagonistas no eran ni Hulk Hogan ni el Enterrador. La Semana de México en Barcelona traía un espectáculo de lucha libre que nada tiene que despreciar a sus homóloga estadounidense. Ante todo, mente abierta y a ver qué pasa en el ring. Este fin de semana peleaban Octagón y el Pirata Morgan, dos de las estrellas de este tipo de de deporte-espectáculo que surgió a mediados del siglo XIX por influencia francesa. Pero que nadie busque un atisbo de ilustración o refinamiento. En la lucha libre mexicana no se andan con chiquitas.

Resalto la particularidad de deporte-espectáculo porque, si bien el deporte moderno conlleva el hecho de ser un espectáculo, en este caso l’actuación de los contrincantes está marcada por la teatralidad en todo momento de sus movimientos, llaves, palabras y actitud en el cuadrilátero. La actitud nos divide también a los dos tipos de luchadores mexicanos a grandes rasgos: Rudos y técnicos. Los primeros (citando un artículo de la Wikipedia) “hacen honor a su nombre, ya que se valen de cualquier recurso para ganar la lucha, mientras que los técnicos hacen alarde de la limpieza y el juego limpio en sus combates”. En este caso, el Pirata Morgan es el paradigma del rudo en cuanto labores y palabras mientras que Octagón es el héroe ejemplar.

Máscaras y público
No obstante, diría que la característica que da chispa a estas batallas son las máscaras y el propio público. Los atuendos de los luchadores son llamativos y dignos de cualquier película de terror de serie B. Las máscaras que llevan algunos de estos personajes dan cuenta de la personalidad que pretendan reflejar. Pero más llamativo que las máscaras me pareció el público. En México la lucha libre es casi una religión (no es de extrañar que la leyenda del ring en ese país sea El Santo) y este sábado entre la parroquia congregada había una nutrida representación del país de origen que no pararon de gritar, insultar y jalear consignas entre las que “¡sangre, queremos sangre!” era lo más bajo que se podía escuchar.

La participación del público y la interactividad con los luchadores es fundamental para entender la pasión con que se vive este deporte donde no siempre ganan los buenos y en donde los malos son ídolos de grandes y pequeños. Y aunque todo tenga un sabor un tanto kitsch la profesionalidad de los guerreros y el papel que adoptan ante el público y ante sus provocaciones me hace pensar que son unos tipos más profesionales de lo que parecen.

Este sábado, entre fajitas y burritos y un poco de mariachis, me quedó el rumor de cuerpos rebotando en el ring y una sonrisa en la boca por las machadas de Octagón y el Pirata y la creatividad deportivo-sexual de los espectadores.

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