El ‘Villarato’ está a la misma altura que el perro de Ricky Martín, el mercurio rojo, las armas de destrucción masiva de Saddam y la autoestopista de la curva. Es decir leyendas urbanas, mentiras populares que de tanto repetirse se acaban convirtiendo en verdad. No obstante, me da la sensación que hay una pregunta que sobrevuela cada jornda, visto lo visto en los campos de la Liga: ¿Por qué son tan malos los árbitros?

Hace pocos días se conmemoraron los veinte años de la tragedia de Hillsborough, en la que 96 aficionados del Liverpool perdieron la vida en una maldita avalancha en Sheffield. Antes la tragedia de Heysel había conmovido igualmente al mundo y castigado la violencia en las gradas por parte de la afición británica. El descenso a los infiernos de los equipos ingleses en Europa sirvió en cierta forma para girar construir un nuevo fútbol.

A principios de los noventa se publicó el Informe Taylor, que debía establecer los estándares que debían tener en seguridad los estadios (propuso que todos los estadios debiesen tener asientos para todos los espectadores), y se creó lo que hoy conocemos como Premier League (1992).

Lo que acababan de hacer los clubs ingleses era lucrarse con un fantástico contrato televisivo, además de construir un auténtico modelo de negocio alrededor del fútbol. Tradición y modernidad no estuvieron entonces reñidas y esa es la base de la Premier League, ya convertida en la mejor liga del mundo y con sus equipos reinando en Europa (con permiso del Barça, claro).

Heysel y Hillsborough fueron el punto de inflexión hacia un horizonte de esperanza. No obstante, a estas alturas, os preguntaréis, ¿a qué venía mi pregunta retórica sobre los árbitros españoles?

Está claro. En verdad, la Liga de Fútbol Profesional ha hecho muchas pasos para seguir a la Premier en cuanto a profesionalización, volumen de negocio y derechos televisivos pero no son suficientes si quién dicta las normas sobre los terrenos de juego no son profesionales. No entro a valorar la actitud de protagonismo que demuestran algunos árbitros. Creo en su honestidad como trabajadores pero me dejan preocupados por sus errores y las leyes de compensaciones que existen en cada jornada (principalmente, para los equipos grandes).

Los románticos del fútbol (no entiendo ese romanticismo) advierten que la gracia del fútbol está precisamente en eso, en poder disfrutar de tertulias deportivas los lunes por la mañana para hablar sobre el arbitraje del partido de tu equipo del alma y no acabo de entenderlo.

En las tertulias deberíamos hablar de los jugadores, no de los árbitros. El romanticismo, para Gustavo Adolfo Bécquer. La LFP no puede depender de las decisiones humanas pues el negocio no puede depender de con qué pie se levanta un colegiado. Debe haber profesionalización arbitral y medidas que ayuden a los trencillas en sus decisiones como ya se realizan en otros deportes como el fútbol americano o el tenis.

Mientras no cambien las cosas, quizás seamos muy felices en nuestras tertulias de bar, pero el fútbol y la mejor liga del mundo no estarán en España, sino en la ‘pérfida albión’ y cada día nos preguntaremos ¿por qué son tan malos los árbitros?

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