Nakamura está a punto de cerrar su maleta para volverse a Japón y el Espanyol se quedará sin gira al país nipón como tenían previstos los ejecutivos de marketing del club. Y es que quizás, más allá de unos cuantas paellas de más y un incremento de plazas hoteleras por parte de periodistas japoneses, el fichaje de Shunsuke esta temporada ha sido un fiasco.

Las intervenciones de jugadores japoneses en la Liga española han sido muy discretas teniendo en cuenta la causa-efecto(s) que se ha desarrollado en los últimos años: si ficho a un jugador japonés, el interés de Japón por mi equipo se incrementará y por tanto, las ventas de camisetas y de todo aquello que aún se denomina ‘ingresos atípicos’ aumentarán.

Recientes estudios señalan a Japón y China como mercados a conquistar. A la Premier League no le va nada mal pero no creo que la vía sea la de fichar a futbolistas japoneses. El marketing debe ir unido a decisiones más consolidadas: venta de contenidos, accesos multilingüe en las webs y servicios de movilidad, giras asiáticas, etc.

No me quiero apuntar a la moda del ‘yo-ya-lo-dije’ porque de hecho me enteré hace poco. Nakamura, después de sus cuatro años en Escocia, a penas chapurrea unas palabras en inglés. Anteriormente había estado en Italia, y el idioma latino tampoco es su fuerte. Se propuso acelerar su castellano pero sus cuadernos Santillana han volado por los aires. Futbolísticamente un jugador debe tener continuidad y se debe acoplar a los ritmos de entrenamientos y competición pero hay una cosa básica que todo humano debería asumir como propia: la capacidad de adaptabilidad al medio. Es puro Darwin: si no te adaptas a tu entorno, mal vas. De la bomba y efecto Nakamura hemos pasado del ‘desafecto’ y de los pañuelos al viento para despedir a Nakamura. Eso sí, al menos el japonés se ha ganado estar en el olimpo de Crackòvia (TV3).

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