Creo que la vorágine del post-partido no nos ha dejado vislumbrar una brizna de análisis sobre qué sucedió futbolísticamente en el Madrid-Barça de este martes. Sobre el terreno de juego, antagonismo puro, dos formas de entender el fútbol. No sólo por el carácter de sus entrenadores y su formación académica sino también por los dispositivos con los que contaban Mourinho y Guardiola.

El metrónomo de Xavi

El Barça recuperó el buen tono que quedó desbibujado en la final de la Copa del Rey, siguiendo el guión milimetrado de Pep: seguridad y coberturas en defensa; creatividad en el centro del campo; abertura de los extremos en ataque. A pesar de la baja de Iniesta, el metrónomo de Xavi Hernández funcionó a laperfección, resguardado del trabajo silencioso pero efectivo de Sergio Busquets y Keita.

Sin noticias del ataque blanco

El Madrid, en cambio, se conformó con ceder el protagonismo a Lass, Pepe y Alonso y el ataque blanco quedó desconectado, paralelo a la realidad de un partido que íba cayendo del costado azulgrana. Özil y Cristiano no entraron en el partido y Di María fue la única pieza en ataque que tenía suficiente profundidad.

La tortuga romana de Mou

Y en este contexto, la Pepe-dependencia con la que algunos analizan frivolamente la rotura del Madrid por culpa de Stark resulta excesiva. Más allá de analizar la dureza con la que se emplea el portugués, el reconvertido defensa debería ser uno más en un once plagado de buenos jugadores con suficiente creatividad para jugar algo más que a la estrategia romana de la tortuga con la que basa sus partidos Mourinho.

La rabia de Messi

Y si algunos vieron en Messi algo más que tristeza cuando el Madrid recogió la Copa en Mestalla, acertaron de lleno. No era tristeza, era rabia por haber perdido un título. Tenía suficiente pólvora guardada para explotar allá donde más duele al madridismo, el Santiago Bernabéu. Acertó Pep dando mayor profundidad en ataque con la entrada de Afellay. Quizás era la combinación que le faltaba al ataque azulgrana, teniendo en cuenta que Villa aportó  profundida en el juego del equipo mientras que Pedro se mostró más discreto. Leo explotó con sus dos ‘estrenos’ en semis de la Champions y a la postre, sus 52 goles en 49 partidos. Una cifra espeluznante.

El Madrid poco pudo hacer aunque se esperaba un poco más de él. A estas alturas de la temporada y de la competición la creatividad debería ser mayor. No sé si la estrategia de Mourinho es de equipo grande o pequeño, o simplemente de equipo asustado. El Barça aprendió mucho de las semifinales del año pasado contra el Inter de Milán. Nos gustan las ‘nits màgiques’ en que Europa pasa por un Camp Nou repleto coreando las remontadas pero este Barça no está para jugar al límite. La superioridad se debe manifestar en las idas y venidas de las eliminatorias. A eso fue a jugar el Barcelona de Pep Guardiola.

En definitiva, objetivo Wembley, a medias, y, de nuevo, buenas sensaciones para un equipo con el que se puede confiar ciegamente porque tiene capacidad de reflexión, de autocrítica y de plantear soluciones a los atascos que le plantean los rivales. Ahora toca rematar las semifinales. No hace falta confirmar que contra la especulación la mejor medicina es jugar al fútbol.

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